En su programa La Belleza de Pensar, Christián Warnkern entrevistó a Francisco Varela el 30 de octubre de 1997. Esta entrevista me removió al punto que me tomé el tiempo para transcribirla. Hoy la recordé a raíz de una nota que escribiera mi amiga Jacqueline Valenzuela en IMANA y he querido compartirla con ustedes.
CW inicia la entrevista dando lectura a un poema del chileno Oscar Hahn.
FV: Creo que lo que Oscar dice es que ningún lugar está aquí ni ahí. Ese es el misterio: lo que está afuera, no está ni afuera ni adentro. Yo no proyecto desde adentro en los términos planteados por el idealismo y el constructivismo. Tampoco el afuera está separado de mí. Lo que cabe es encontrar el camino del conocimiento del medio. No puedo separar el adentro del afuera.
Las mismas ideas de Merleau-Ponty y Husserl hoy las puedo ver encarnadas en el cuerpo. De eso se ocupa la neurociencia. Esa lámpara no es separable de mi brazo (Varela señala una lámpara que hay en el setting de TV). Se trata de un ir y venir. Esto es la base de la vida: la capacidad de moverse, esto de hacer un gesto y…terminarlo. Y ahí está la percepción.
CW: Si uno toma conciencia de ello, la manera de aproximarnos al mundo es distinta; nos lleva a replantearnos.
FV: Pero el saber no cambia el ser. Cuando me re-entiendo y (lo que es para el espacio lo puedo decir para el tiempo, las emociones, para la memoria) entiendo que las cosas no pueden tomarse como que ocurren allá afuera. Pero ello no cambia mi modo de ser cotidiano. O sea, me sigo comportando como siempre. Saber que eso es así y comportarte de otra manera, pasa por hacer un trabajo interno que no es fácil para occidente, un trabajo fuerte, minucioso, de estudio sobre la fenomenología de la experiencia.
CW: Eso es debido al dualismo que caracteriza a occidente…
FV: Esa tendencia espontánea al dualismo es constituyente a los animales, a los niños, a todas las culturas. Pero siempre han existido unos grupitos de loquillos que se han encargado de desmontar esta actitud natural. Husserl lo trata. Pero una cosa es entenderlo y otra practicarlo. Y ahí es dónde occidente perdió –y no tiene conciencia de que perdió. Oriente nos lleva años. Tiene la misma condición humana hacia el dualismo pero ha sido obsesivo en el cultivo de esas prácticas de transformación humana.
El Budismo es una mina de oro de prácticas, de know-how.
CW: ¿Y algunos poetas occidentales no han tratado, no han hecho algo…los románticos…?
FV: Algunos poetas, escritores han comprendido esto a fondo (Kafka, por ejemplo). Pero una cosa es saber y otra cosa es practicar. Los románticos, los surrealistas han intentado instalar la práctica. Pero no prosperaron. ¡Pero los budistas lo han practicado por 25 siglos! La ciencia le ha devuelto a occidente la práctica que perdió su oportunidad en la Edad Media. Esto es lo hermoso: 3 o 4 siglos de práctica de manera sostenida. Y ha sido objeto de un proceso creativo y ha sido capaz de generar una crítica interna. Soy un científico orgulloso de serlo.
CW: ¿Qué males se derivan del hecho que hemos perdido estas prácticas?
FV: El nihilismo, no el nihilismo del que habla Nietzsche sino uno larvado, como por ejemplo el aumento en las tasas de suicidio en Chile. El dogmatismo expresado, por ejemplo, en los fundamentalismos de todo tipo, económico (a lo Friedman), científico, etc.
Aunque existe en la ciencia una corriente reduccionista (llevar el tema a lo puramente físico-biológico), ya no es posible negar la mente y la conciencia. Un biólogo, cuando estudia al hombre, no puede hacerse el leso de la experiencia y la conciencia por mucho tiempo. Otras formas de ciencia pueden evitar encontrarse con uno mismo al fondo del espejo. Por ejemplo, la física cuántica en verdad no aborda el tema; plantea de manera elegante ¿quién es o dónde está el observador? Es muy elegante pero no se mete. En los últimos 4-5 años el tema ha vuelto a constituirse en un tema legítimo. Antes uno hablaba de la conciencia a la hora del café.
¿Cómo juntar la memoria con la experiencia? Hay algunos, como yo, que sostenemos que estas dos cosas tienen una relación de circulación, de puente. Y hoy por hoy esos puntos se pueden encontrar. Y ese es mi trabajo: encontrarlos usando métodos de imágenes cerebrales, usando resonancia magnética.
La experiencia no es una sola cosa ni simple. Si yo tengo un cuerpo, no soy médico. Hay un entrenamiento largo para llegar a distinguir matices. Eso es la fenomenología de la experiencia, lo que es el Budismo, lo que los puentes permiten hacer y en lo que yo trabajo en el laboratorio. Trabajo en neurociencia. Veamos un ejemplo. La experiencia de tomar vino es muy distinta para un enólogo que para quien no tiene conocimiento en el tema. La neurociencia permite conocer las distintas experiencias del acto de tomar vino que tienen distintas personas, lo que, gracias a instrumentos disponibles hoy en día, queda registrado, se traduce en datos. Yo trabajo ahí, inteligiendo entre el experto (enólogo) y el naive.
CW: ¿Cuál de todos los misterios de la conciencia te interesan más?
FV: El nervio; para mí, el corazón vivo es, simplemente, la capacidad de darse cuenta, eso que Husserl llama suspensión (epoché), que los budistas llaman, además de suspensión, reducción; que Santa Teresa llama desasimiento y que Heidegger llama dasein. Es la capacidad para dar vuelta la cosa y que en lugar de que todo ocurra allá afuera, esté en condiciones de acoger, de manera espaciosa, la experiencia y, sin quedarme pegado, poder seguir haciendo las cosas. Desapego. Ese gesto ocurre espontáneamente. Lo curioso es que me pase de largo. La práctica de la fenomenología es cultivar esa práctica de manera radical. Eso significa hacer la reducción sobre la reducción sobre la reducción hasta el punto que tu conciencia no tiene contenido. Y todo esto simplemente para conseguir nada: porque está ahí. Cuando tú mantienes ese estado de suspensión de conciencia sin objeto, es cierto que tiene una espaciocidad sin objeto que te toca de manera muy profunda. No es la paz. Te llega al fondo de las tripas. Tú te sientes en casa. No es un nirvana. Esto es lo que nos distingue como específicamente humanos. Estas etapas del proceso de cultivo yo puedo estudiarlas y puedo hacer mi propia fenomenología. Ahora te puedo decir: soy neurofenomenólogo. Puedo mirar los correlatos, de qué manera este gesto de suspensión se da, sus límites, fundamentos, cómo se da, circuitos (cables y jugos). Y mirarlo, al mismo tiempo, desde el punto de vista del que lo experimenta. Y es ahí donde tenemos los niveles entre el enólogo (experto) y el naive. Y ahí trabajo yo, en todo ese espectro de competencias sobre sí mismo. No es que esto sea lo que caracteriza al ser humano. Pero es ciertamente algo que va muy al centro del cuento.
Estar en casa. De relax profundo. De no tener condiciones. Es incondicional, está allí, no me lo tengo que ganar, no tengo que ir a ninguna parte. Es un estado mental pero toca la vida espiritual del hombre. Esto ha sido así en todas las culturas. Yo no puedo pensar que uno pueda estudiar la vida, la mente y el cerebro sin, eventualmente, incluir lo que es la dimensión de experiencia que nos re-envía a la tradición espiritual del hombre.
CW: ¿Qué es lo espiritual para ti, un hombre de ciencia?
FV: La vida espiritual es mantener apasionadamente en vista esta pregunta, ¿por qué yo no estoy en casa? ¿Qué tengo que hacer? ¿Cómo me doy los instrumentos para traspasar mi ignorancia para poder entender lo que me separa? Por lo tanto, vida espiritual y este camino de cultivar esa capacidad son la misma cosa.
CW: Hablemos de tu libro “Un puente para dos miradas”.
FV: Este libro tiende un puente entre dos visiones: el Budismo y la ciencia.
CW: ¿Por qué el Budismo?
FV: Es la única tradición cultural sobre este planeta que ha mantenido una tradición de análisis de fenomenología de la experiencia bajo una continuidad de método, con una tozudez y rigor metodológico extraordinario. No se trata de adoptarlo en paquete (aquí da un ejemplo de las matemáticas, oriente versus occidente); particularmente en un mundo globalizado.
CW: ¿Y qué pasa con la mística occidental?
FV: Pero hay poca traza. No hay tradición ni cultivo de esa práctica. Tenemos la evidencia de que fue. ¡Eso fue lo que occidente se perdió! El Budismo es una fenomenología aplicada. Tiene el rigor de la filosofía y el enraizamiento en la práctica. Tiene una interlocución muy fácil con la ciencia. Pero no pretende ser ciencia. La capacidad para tender puentes se pierde por la arrogancia de la ciencia y la exigencia de la gente de pedirle respuestas verdaderas.
CW: Hablemos de tu libro “Ética y acción”.
FV: En “Ética y acción”, planteo el desarrollo de una ética encarnada. La ética es abstracta no la sentimos parte nuestra, no percibimos una relación con nosotros. Por ejemplo, cuando niño me decían que mentir era malo; pero igual mentía, aunque me moría de miedo. Yo trabajo una ética a partir de las experiencias que están situadas, in situ, en los seres humanos.
Hay momentos en que el hombre le es dado ser tocado, reflexionar. Cuando ello ocurre, la tarea es tomar esa capacidad espontánea y cultivarla.
Ponerse en el lugar del otro es una capacidad intrínseca del hombre (ejemplo del niño que está a la orilla de un pozo y del hombre que evita que se caiga). La conclusión sobre los primates superiores es que son expertos en ponerse en lugar del otro. Somos intérpretes constantes del estado mental del otro, tenemos capacidad empática.
La ética encarnada es una ética que permite el cambio. La ética abstracta, no.
El Yo.
El yo cognitivo. Cuando uno lo somete a análisis se encuentra sólo con pedazos, con los bordes, etc. La interacción de estos pedazos, de acuerdo a un número de reglas, da origen al Yo, que no es lineal. Tiene una identidad pero no lo puedo encontrar: es justo un ser entre la existencia y la inexistencia.
Y el Budismo hace el mismo descubrimiento: “El Yo es aquello donde no puedo encontrar donde poner el dedo” dice el Dalai Lama.