Llegó una vez más. Ya está aquí y todo es carrera y apresuramiento. Es diciembre. Se acaba el año y nos baja algo así como una desesperación por terminar todo aquello que arrastramos durante meses, incluso aquello que declaramos que no haríamos. Urgencia por cerrar, concluir, dar por terminado, superado. Los estudiantes terminan sus clases y las madres sufren un cambio radical en su rutina hogareña. Las empresas realizan sus balances; los individuos, también. Término, balance, evaluación.
¿Cómo me fue este año?
¿He ganado en experiencia?
¿He avanzado en la consolidación de mi empresa?
¿Qué tanto he crecido como ser humano?
¿Soy más consciente?
¿He fortalecido la relación con mis clientes?
Y, ¿cómo está la relación con mis hijos?
Preguntas que se suman a las carreras por comprar los regalos navideños y por enviar los “saludos virtuales”.
En el proceso, he postergado a quienes más quiero: los dejé para el final, para “atenderlos como se merecen”. Pero cuando llegó el momento ya no tenía tiempo ni energía para comprar ese regalo especial.
Fin de año.